Historia

NUESTRA PARROQUIA

 

Para comenzar a relatar la historia de nuestra Parroquia se hace imprescindible hablar del antiguo convento mercedario de San Miguel, ya que nuestro actual Templo es el que en su día perteneció a dicho convento que llegaba hasta más allá de la actual calle dels Hostals donde todavía quedan restos de su antiguo claustro y parte de su huerto dentro de algunas casas particulares.
Este convento se funda dentro del antiguo barrio de “les barreres” de nuestra Ciudad en un campo que se entrega a la orden mercedaria por Bernat de Vilar, canónigo de Valencia en nombre del Capítulo de la Catedral, el 12 de noviembre de 1251 tal como recoge D. Agusti Ventura Conejero, cronista de la Ciudad y feligrés de nuestra Parroquia en el libro “Ecce-Homo” editado por la Congregación del Stmo. Ecce-Homo, a cambio de un censo anual, y se dice que estaba situado “frente a la Iglesia de San Miguel del raval de Xátiva”, y también recoge otro documento (carta de repoblación) que el rey Jaime I otorga a la morería de Xàtiva el 23 de enero de 1252, donde también se habla de esta Iglesia de San Miguel, por lo que estima que ambos hacen referencia a nuestro actual Templo Parroquial, que como todos los que lo visitan pueden apreciar en su fachada principal la imagen de San Miguel.
Según apuntes recogidos por D. Antonio Martínez Reig, Pedro IV de Aragón “El Ceremonioso” mandó derribar el convento para que no sirviera de refugio a las tropas unionistas, y mas tarde ayudo a su reedificación en estilo gótico ya en el año 1358. Este templo fue incendiado en 1707, con motivo de la guerra de sucesión del primer Borbón Felipe V, siendo reparado posteriormente en 1715 por los mercedarios mediante la venta de la Torre de Cerdá, llamada“Torre dels Frares” lugar de nacimiento de uno de nuestros Papas, siendo concluido en 1740 y dándole ya el nuevo nombre de Iglesia de Nuestra Sra. de la Merced.
El 17 de Febrero de 1821, ante el peligro de derrumbamiento que ofrecía el cercano Templo Parroquial de Santa Tecla, debido al terremoto del 25 de marzo de 1728 y de los deterioros de la antes mencionada guerra de sucesión se trasladó el culto de dicha parroquia al Templo de la Merced.
En 1835 dentro de la famosa desamortización de las comunidades religiosas del ministro Mendizábal los mercedarios abandonan el convento, siendo los últimos en hacerlo de los existentes en nuestra Ciudad.

Como el resto de templos de la Ciudad en nuestra fraticida guerra civil, nuestro templo también sufrió los consiguientes destrozos y saqueos.
En el año de 1947 se recogen donativos entre los fieles de la Parroquia para la construcción de un nuevo altar para la Virgen de Merced, que gracias a la intervención y ayuda de D. Gregorio Molina se convierte en realidad.
El 24 de septiembre de 1970 con motivo de la festividad de Ntra. Sra. de la Merced, atendiendo muchas peticiones de la feligresía y siendo párroco el Rvdo. D. Alfredo Martí Chordá se amplia la titularidad de la parroquia a la actual de “Parroquia de Nuestra Señora de la Merced y de Santa Tecla”.
Después de un largo periodo de reparaciones de campanario, tejados, sistema eléctrico, revestimiento de mármol, bases de pilares de piedra y pintura general del templo, iniciado por el párroco D. Juan Portero y terminado de manera más acrecentada por nuestro actual párroco D. Juan Aguilar Fernández, en el año 2004 se da por terminado este proceso.

En agosto de 2015 se restaura la puerta principal del templo.2015-08-26 19.43.15

Breve Historia Virgen de la Merced

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MERCEDARIOS Y La Virgen De la Merced.

La Orden de la Merced se fundó en la catedral románica de Barcelona, el 10 de agosto de 1218. Su Fundador, San Pedro Nolasco, con un grupo de laicos catalanes, y con el apoyo del joven Rey Jaime I, y del Arzobispo Berenguer de Palou, llevó a cabo la creación de una Orden Laical para la redención de cautivos cristianos.

El Papa Gregorio IX, desde Perusa, confirmó solemnemente la Orden de la Merced el 17 de enero de 1235. Tuvo Constituciones propias de una Orden Laical, y siguió la Regla de San Agustín.

En Asamblea electiva, los 259 frailes mercedarios -laicos y clérigos- manifiestan su deseo mayoritario en elegir a un General clérigo, en 1317, un siglo después de la fundación. Raimundo Albert, nuevo General, mandó redactar nuevas Constituciones (1327). Desde entonces, la Merced es canónicamente Orden clerical, aunque admita “Hermanos seglares como Religiosos”, en igualdad fraterna.

Se calcula que la Orden de la Merced, hasta vísperas de la Revolución Francesa, redimió unos 70.000 cautivos. Los bienes que poseía eran, en realidad, bienes para la redención. En virtud de su “cuarto voto”, cada mercedario profesaba “quedar en rehenes, si fuere preciso, en lugar de un cautivo, sobre todo si su fe peligraba”. Hoy sigue vigente este cuarto voto.

Actualmente, en las llamadas “nuevas formas de cautividad”, sigue ocupándose, con preferencia entre los refugiados, exiliados, inmigrantes, prisioneros, “Meninos de rua” (Brasil), y de aquellos que están faltos de libertad, o cuyos derechos fundamentales son conculcados.

Ya desde el segundo viaje colombino, iba, al menos, un mercedario -según Mártir de Anglería- como Capellán del Almirante. Desde 1514 existe un convento en santo Domingo. Después se crean ya Cuatro Provincias que, a su vez, se organizan en Doctrinas. Dos características propias:

l) La Merced colaboró, con la plata que llegaba de América, a la redención de
cautivos.

2) Logró que arraigase profundamente la devoción a María de la Merced.

Culturalmente baste decir que la Merced tuvo Catedráticos en las más célebres Universidades de España, Francia y América. Entre los personajes más destacados figura el famoso dramaturgo TIRSO DE MOLINA (Fray Gabriel Téllez), autor de más de 400 comedias, “Cigarrales de Toledo”(1624), “Deleitar aprovechando”(1635), “Historia de la Orden”, manuscrita y editada en 1974 en dos gruesos volúmenes. Otros: Alonso Remón, Interián de Ayala, cofundador de la Real Academia de la Lengua (siglo XVIII), Juan Suárez de Godoy, Francisco Zumel (Teólogo salmantino del siglo XVI), Jerónimo Pérez, profesor de los primeros Jesuitas, Gaspar de Torres y Melchor Rodríguez de Torres, Obispos y místicos, escritores ambos, que trataron a Santa Teresa, etc.

La iglesia reconoce, honra y venera a la Stma. Virgen María, principalmente, con el título de madre: Madre de Dios y Señor Jesucristo, y Madre de la iglesia, de todos los hombres, ya que la redención de Jesucristo es universal y todos los hombres son llamados a pertenecer al pueblo de Dios, la Iglesia.

El culto a la Santísima Virgen hunde sus raíces en los primeros siglos del cristianismo.

Con San Pedro Nolasco, en la primera mitad del siglo XIII, comienza a invocarse a la Stma. Virgen bajo el conocidísimo título “de la Merced”. Santa María de la Merced es ciertamente una invocación antigua, pero siempre nueva y actual, porque expresa un aspecto esencial del misterio de María, evocando su presencia maternal y misericordiosa a favor de los fieles cristianos “que se hallan en peligros y ansiedad, para que, rotas las cadenas de toda opresión, alcancen la plena libertad del cuerpo y del espíritu”.

 

Santa Tecla

    La vida de Santa Tecla, cotitular de nuestra parroquia, se mueve entre brumas de historicidad y leyenda. La dulce virgen doncella de Iconio, de la que no hay constancia en los escritos neotestamentarios, es paradigma de la entrega a Dios y de la fidelidad a su palabra. El próximo día 23 de septiembre la recordaremos con devoción y cariño.

Allá por el año 48 de nuestra era, durante su segundo viaje apostólico, S. Pablo visita Iconio acompañado de Bernabé. Es una ciudad de Asia Menor que hoy forma parte de Turquía.
Al entrar en la ciudad es invitado cortés y amablemente por Onesíforo a hospedarse en su casa.

Las puertas están abiertas a quien quiera escuchar el anuncio del Evangelio. A la casa van acudiendo las gentes. Pero, aparte de los que se reúnen, alguien más escucha la Palabra. Se proponen doctrinas nuevas que resultan inauditas y apasionantes como la continencia y la resurrección.

Frente a ese punto de encuentro tiene su hogar una familia noble y rica. Allí vive Tecla con sus dieciocho años. Es la hija bellísima y casadera que se embelesa con lo que le llega de la predicación del Apóstol. Su madre está inquieta y sumamente molesta porque sólo vive para escuchar lo que se está diciendo en la casa de enfrente; la ha visto como en éxtasis, ausente… ni siquiera come, día y noche está sin pestañear clavada en la ventana, no pierde detalle. Termina por comunicar a Tamiris, novio de Tecla, su preocupación. Todos los esfuerzos familiares se han aunado para hacerla desistir de su actitud y todos los razonamientos resultan vanos a la hora de intentar que la joven se olvide de lo que está escuchando. Ella ha tomado la resolución de abandonar su vida cómoda y sus planes de futuro matrimonio, sólo quiere seguir a Jesús de quien Pablo habla.

Entre los amigos primero y entre conocidos después va de boca en boca corriendo la noticia de lo que pasa a Tecla por escuchar a ese predicador acerca de un judío resucitado. La clase alta de la ciudad se conmueve hasta tomarse la resolución de acusar a Pablo a las autoridades por brujería y hechizos.

Pablo es encarcelado y Tecla, sobornando al carcelero, entra loca de alegría en la cárcel y escucha horas y horas las grandezas de Dios, sentada en el suelo junto a los hierros del preso. Pablo fue azotado cruelmente y penado con el destierro. El delicado amor de Tamiris se trueca ahora en desesperación y odio contra quien fue su amada y se prepara una hoguera donde Tecla va a ser castigada.

El martirio de Santa Tecla incluye, entre otros, los siguientes tormentos:

Fue lanzada a un foso con reptiles venenosos, que la respetaron. Se la ató entre dos bueyes, para despedazarla, y estos perdieron su fuerza. La colocaron sobre una pira para quemarla viva, pero el fuego se apartó y quemó a sus verdugos. Por fin fue lanzada a los leones, los cuales lamieron sus heridas y sanó.

Derrotados sus perseguidores la dejaron en libertad y ella vivió en una cueva, como anacoreta, dedicada a la oración hasta su vejez.

Sin embargo, en una nueva agresión, le fueron enviados unos soldados para ultrajarla.  Santa Tecla oró para librarse del nuevo tormento y permanecer pura. La cueva se derrumbó dejando solamente su brazo al descubierto.

Los seguidores de la santa recogieron el brazo y lo trasladaron a Armenia para darle sepultura y rendirle culto. De allí fue trasladado a Tarragona para custodiarlo en la catedral consagrada a su memoria.

El centro del culto de la “protomártir semejante a los apóstoles”, estaba en Meriamlik, cerca de Selefkie o Seleucia. La basílica de la Santa, uno de los más concurridos santuarios de la antigüedad, era una construcción monumental, magníficamente decorada. Bajo el templo se encontraba la gruta en que Tecla habría terminado su vida antes de desaparecer tras de la roca, que se cerró para ocultar su cuerpo. Lo propio de este culto es que en él falta la tumba. Entre los milagros que nos cuenta el obispo de Seleucia hay algunos que nos recuerdan casos parecidos de los templos paganos, como este que antaño se había atribuido a Asclepios: “Una madre presenta ante la Santa a su hija, que estaba a punto de perder un ojo; la lleva al parque de las aves, y mientras la niña juega con ellas, un ganso le pica en el ojo enfermo. Hubo gritos y lamentos, pero pronto pudo verse que el ave había hecho reventar un absceso, con lo cual la paciente sanó rápidamente”.

El poder de la Santa atraía peregrinos de todas las regiones del Imperio. Allí se postró Gregorio de Nacianzo; allí se presentó muchas veces Tarasio, corresponsal de San Isidoro de Pelusio; allí llegó también, en 415, la monja española Eteria, que oró junto al martyrium, y mandó luego que la leyesen las actas de la Santa. Jerusalén tenía también su iglesia de Santa Tecla, situada en Bethfagé; la tenían también Antioquía y Constantinopla, y en Chipre había cinco localidades con el nombre de Hagia-Thekla, con ferias el 24 de septiembre, que era, según los calendarios orientales más antiguos, el día de su fiesta. En 1320, el brazo de la Santa, lo único que había quedado al desaparecer detrás de la roca, fue trasladado de Armenia a Tarragona, cuya catedral está consagrada a su memoria. De aquí el culto que se le rinde en el Levante español. Un primitivo de la escuela levantina, tal vez Jacomart, representa a San Martín hablando con Nuestra Señora, con Santa Tecla y Santa Inés, inspirándose en el relato de Sulpicio Severo.

Una sorpresa reciente.

En 1995, en unas excavaciones realizadas para la construcción de un complejo comercial, junto al río Francolí, al lado de la necrópolis paleo-cristiana de la fábrica de tabacos de Tarragona, se hallaron los restos de una basílica monástica del siglo III d.c. En el conjunto había un cementerio de la comunidad religiosa. Una tumba central, principal, rodeada por una docena de tumbas complementarias. Todas las tumbas eran anónimas, excepto la central que se identifica con la inscripción “BEATA THECLA VIRGINE” en una losa.

HAEC HIC BEATA THECLA
VIRGO X PIEI PATRIA AEGYP
VIXIT ANN LXXVII VT MERV
IT IN PACEM QVI EVITDNI©

Fuentes consultadas:

–          Catholic.net. Inc. 2004.

–          ACI Prensa. 2004.

–          Isabel y Luisa Goig.2002

 

 

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